domingo, 20 de abril de 2014

El cadáver iluminado

                                                 Dibujo de Universo Pamp.


Cuando de la Cruz sacó aquel cuerpo del depósito, se maravilló ante tanta belleza imposible de describir. Nunca había visto otra mujer así y perdió la noción del tiempo que estuvo admirando el cadáver, hasta que una voz le sacó de su trance.
–La jodía era guapa, ¿eh?
–Si, es preciosa –contestó embelesado, incapaz de reaccionar ante el desconocido–, pero, ¿quién es usted?
–Subinspector Tomás –le enseñó la placa–, ¿es usted el doctor de la Cruz?
El forense afirmó con la cabeza, mientras recuperaba la cordura.
–¿Qué le ha pasado a esta chica?
–¿Es que no ha leído el informe? –preguntó el subinspector con indignación.
De la Cruz, avergonzado como el niño al que pillan sin haber hecho los deberes, negó con la cabeza.
–Se llamaba Magda, Magda nosequé –comenzó a explicar el policía–, no llevaba documentación, pero la han reconocido las putas del calabozo. Unas dicen que era kosovar, otras que era rusa, da igual, la cuestión es que era de Europa del este.
El forense se fijó en sus facciones, y en efecto, parecía rusa-kosovar. Su piel pálida, su cabello rubio, y esos ojos azules que parecían mirarle.
–Se la encontraron ayer –prosiguió el subinspector–, muerta, en mitad de la plaza de la Pasión.
–¿Ayer?
–Sí, ayer.
–No puede ser –de la Cruz estaba asombrado–, el cuerpo no presenta rigor mortis, su piel está tersa, como si aún viviese.
–Pues le aseguro que está muerta –bromeó Tomás–, palpe, palpe, a ver si le late el corazón.
–¡Subinspector, no se burle! –le increpó– ¿No ve que el cuerpo está incorrupto?
–De incorrupto nada, doctor, que se la encontraron llena de cortes y moratones. ¡Lea, lea el informe! –ya no le hacía gracia el tema.
–¿Es que no lo ve? Si parece más bien una virgen o una santa.
–¡Vamos, doctor, no me haga reír, si era más puta que las pesetas!
–Pero fíjese, ni su delicado cuerpo ni sus delgados brazos presentan mancha alguna.
–Pues era una puta yonqui.
–Pero mírelo, subinspector, ni siquiera hay pinchazos en sus preciosos píes.
De la Cruz se estaba poniendo muy pesado, y el policía ya no aguantaba aquella absurda discusión.
–Doctor –intentó bromear–, ¿no se estará enamorando de la muchacha? No me gustaría encontrarle haciendo cosas raras con el cadáver…
–¡Subinspector, por favor, qué soy un profesional!
–¿Sí? Pues por ahí comentan cosas sobre usted…
–¡Maldita sea, Tomás! ¿No se lo habrá creído? –parecía que iba a echar espuma por la boca– ¡Eso son falacias, mentiras puñeteras! ¡Habría que oír lo que dicen de usted!
–Tranquilícese, hombre, tranquilícese –intentó apaciguarle–. Vamos a hacer una cosa, yo me voy a seguir con la investigación, y volveré en un par de horas, a ver cómo va con la autopsia. Sólo le pido que se dé prisa, necesito el informe antes de que amanezca.

De la Cruz estaba indignado. El imbécil de Tomás había conseguido que le temblaran las manos. Necesitaba un trago, pero llevaba treinta días sin probar el alcohol. Entonces comprendió que era ella la que le ponía nervioso. Se sentía incapaz de corromper aquel cuerpo con su bisturí. Sus ojos sin vida no dejaban de mirarle, y su boca insinuaba una sonrisa que parecía ocultar un secreto. Se preguntaba qué le había sucedido. Se preguntaba por qué le habían sacado de casa, a esas horas, en domingo, estando suspendido de empleo, que no tenía necesidad de manipular ningún cuerpo muerto; y lo que es peor, ¿por qué le había llamado el subinspector Tomás con tanto secretismo y tanta urgencia? ¡Si ni siquiera se conocían! ¿Por qué a él y no a otro? Sospechaba que no habían contado, en ningún momento, con la aprobación del comisario Ponce, porque él nunca aceptaría su implicación en el caso, sobre todo después del escándalo de la niña de Monteolivar. Le habría preguntado directamente a él, pero tenía un miedo atroz al comisario y sus posibles reacciones.
La chica seguía mirando y sonriendo. Sus manos dejaron de temblar, y decidió que tenía que desentrañar ese misterio, él mismo.

El primer paso lógico era acudir a los calabozos y preguntar a las prostitutas. Ellas sabrían algo sobre el tema, pero se burlaron de él, sólo era un simple forense y no tenía madera para los interrogatorios. Le dijeron que si quería un numerito morboso con ellas le harían un buen precio. Pensó en el impoluto cuerpo desnudo que se postraba en la mesa de autopsias, y despreció a aquellas sucias rameras. Le dolió pensar que la hermosa Magda tenía algo que ver con ellas. Vio que tendría que pagarlas para sacarles alguna información, pero estaba sin blanca, así que bajó al bar de la esquina y le pidió a Nazario unos cuscurros de pan y una botella de vino.
–A ver que va a hacer con el vino, doctor –le dijo el camarero–, que el comisario me tiene prohibido darle de beber.
Entró con mucho cuidado de que no le vieran de esa guisa. Le costó convencer al agente Longinés para que le volviera dejar pasar a los calabozos, el muchacho era un buen policía cumplidor del reglamento, pero el vino lo puede todo. Las mujeres se pusieron contentas y empezaron a contar rumores absurdos sobre la difunta, ninguna de ellas la conocía en persona, la única que podía decirle algo sobre ella era una tal Mariet, pero ya no estaba allí, el subinspector Tomás la había sacado, hacía un par de horas.
–¿Y para qué la ha sacado? –preguntó, tonto de él.
–Pues, hijo –se burlaron–, tú me dirás para qué quiere Tomás a una chica como nosotras.
No tenía mucho tiempo, las carcajadas se oirían por toda la comisaría, y el subinspector Tomás llegaría en cualquier momento. Pensó que no tenía por qué meterse en ese lío, que ya estaba suspendido de empleo y sueldo, y no necesitaba más problemas. Sólo tenía que realizar esa autopsia y volver a su retiro. Pero en su cabeza, ella seguía mirándole.
Con la promesa de más pan y más vino, consiguió que le dieran la dirección de un tal Judath, el chulo de Mariet, un tipo muy peligroso. De la Cruz sabía que no tenía que ir, le advirtieron que Tomás no era trigo limpio, pero él fue.

La noche era cerrada como en las novelas baratas de misterio. Las calles del Calvario estaban desiertas, no había yonquis, ni fulanas, ni rateros. El silencio le asustaba aún más que la fama de aquel barrio de mala muerte. No podía imaginarse a la bella Magda ofreciendo su cuerpo por ahí. En los callejones brillaban ojos amenazantes. Se le hizo eterno hasta que encontró el domicilio del tal Judath. La puerta estaba abierta. El aspecto de la casa era terrorífico: polvo, suciedad, manchas de sangre, el mobiliario destrozado… Había una jeringuilla en el suelo, y un par de botellas de vodka vacías. Las manos le volvieron a temblar. Una lámpara medio rota alumbraba levemente a aquel enorme rumano que permanecía acurrucado en un rincón, desnudo, tiritando como un crío asustado, murmurando algo en su idioma.
A pesar del miedo, de la Cruz se acercó a él.
–¿Judath, Judath Proski? ¿Es usted Judath? –preguntó al gigantón.
–Yo soy –contestó con un siniestro acento, que le hizo estremecer.
–¿Mariet, está aquí?
–No está –contestó sin siquiera levantar la vista–, déjenla en paz, no tiene nada que ver con esto.
El forense no sabía cómo enfrentarse a aquella situación, no era un agente de campo, sólo habría cuerpos difuntos.
–¿Magda? ¿La conocía? ¿Trabajaba para usted? –por fin se decidió a preguntar.
El rumano afirmó con la cabeza.
–¿La mató? ¿La mató usted? –estaba tan enfadado como asustado, sentía el impulso de abalanzarse sobre aquel criminal, y el de salir corriendo.
El rumano alzó su insegura mirada. Estaba llorando.
–Sí, yo lo hice.
Entonces de la Cruz descubrió que aquel gigantesco hombre estaba aún más asustado que él. Por un momento, hasta le dio pena.
–¿Pero por qué? ¿Por qué la mató, Judath?
–Eso no importa ya.
El pobre estaba totalmente derrumbado.
La ira del forense explotó.
–¡Maldita sea, Judath! ¡Sí importa! ¿Por qué la mató?
–Déjeme en paz, ya he dicho no importa, pregunte a Tom…
Tres disparos impactaron en su pecho, haciéndolo caer. De la Cruz, asustado, volteó por el suelo, hasta ver que Tomás estaba allí, apuntando con la pistola.
–¡Joder, doctor! ¿Se puede saber qué hace aquí? ¿No se podía haber quedado quieto en la morgue, haciendo su trabajo?
Empezó a entender lo que pasaba.
–Subinspector, ha sido usted, es verdad lo que dicen por ahí.
–¡No empecemos con el tema de los rumores, doctor! ¡No tiene ni idea de lo que ha pasado!
Ahora eran las manos del policía las que temblaban, en cualquier momento podría disparar.
–Ya entiendo, maldito corrupto, usted estaba metido en los negocios sucios de esta gente, por eso me llamó a mí para que hiciese la autopsia. Necesitaba a alguien desacreditado como yo para poder archivar el caso sin levantar sospechas.
–¡Ah, cállese, doctor! ¡Ya le he dicho que no tiene ni pajolera idea de qué va esto! ¡Estúpido necrófilo!
–¡Pues dígamelo usted! ¿Por qué mataron a la chica? ¿Por drogas, por dinero, o por algo más?
–Como ya le ha dicho ese gilipollas, ya no importa. ¡Él mató a golpes a la chica! ¡Merecía morir!
–¡Y usted merece la cárcel! ¡Por corrupto y asesino!

–Déjelo, doctor, da igual –susurró la moribunda voz de Judath–, le perdono.
–¡Qué me perdonas, hijo de la gran puta! –el subinspector enfureció–, ¿Por qué? ¿Quién eres tú para perdonarme?
–Te perdono porque ella me perdonó, antes de morir.
La luz del sol entró por la ventana, iluminando la sucia estancia, en el momento en que ese enorme asesino espiró.
Los dos hombres se miraron, callados durante un buen rato, como si hubiera pasado un ángel.
–Descanse en paz –dijo el forense.
Tomás guardó el arma y se santiguó.

–Y ahora qué, subinspector, ¿me va a matar para que no hable?
–No, de la Cruz, no. No voy a matarle, estoy cansado, y nadie le iba a creer.
–¿Y entonces?
–Entonces volveremos a la comisaría, doctor. Usted hará la autopsia y se olvidará del caso. Yo lo archivaré y me olvidaré de lo que pasó con el cuerpo de la chica de Monteolivar.
–¿Y Judath? ¿Y los disparos?
–No se preocupe, doctor, alguien se lo encontrará y llamará a la policía. Ya me encargaré de eso, confíe en mí.

El día despertaba en el barrio, las tiendas del mercado abrían como si no hubiera pasado nada, mientras los dos hombres paseaban como sin nada. Ya habría tiempo por la noche para que volvieran los camellos y las putas.

Cuando llegaron a la comisaría, se encontraron con que el cadáver de la mujer había desaparecido.
Más de un testigo la vio salir, vestida con una bata blanca, al amanecer. Dijeron que se despidió, sonriendo, con unas extrañas palabras que sonaban a arameo.
–Era rumano –intervino la agente Paulov–, significa “benditos seáis”.

lunes, 17 de marzo de 2014

Preparando su llegada

                                                Dibujo de Universo Pamp.

–¿Es usted la señora Aurora?
–Sí, soy yo, ¿nos conocemos?
–Soy Vicente, Vicente Salvado.
–Vaya, así que es usted don Vicente. Por fin nos conocemos.
–Veo que a oído hablar de mí.
–Sí, y sepa que no estoy contenta con su hijo.
–Lo sé, no se portó bien con su hija. Pero no sea cruel con él. El pobre tuvo una infancia muy dura. No se lo puse fácil.
–Ya, por lo poco que sé, usted no fue un buen padre.
–¿Le habló él de mí?
–No, qué va, él nunca hablaba de usted. Lo deduje con el tiempo, charlando con su esposa.
–Ah, claro, supongo que tampoco me porté bien con ella.
–Pero no se crea, ella no me habló de usted.
–Veo que es muy suspicaz, doña Aurora.
–Sí, lo que no entiendo es qué hace usted aquí.
–Bueno, al final él me perdonó.
–No, si lo que digo es por qué viene a contarme esto ahora.
–Verá, él está a punto de llegar.
–¡Válgame el cielo! ¿Y cómo ha sido?
–El cáncer, señora mía, el cáncer.
–Vaya por Dios, no sabe cómo lo siento. Si en el fondo era un pobre hombre.
–En el fondo todos lo somos.
–¿Y cómo es que viene aquí?
–El perdón, doña Aurora, el perdón. Sus hijos, mis nietos, bueno y también suyos, le han perdonado.
–Son buenos chicos, a pesar de lo mucho que me enfadaban.
–Su hija también le ha perdonado, bueno a su manera. Tiene que estar orgullosa de ella.
–Lo estoy, don Vicente, lo estoy. De ella y de su hermana.
–Espero que les vaya bien, y también espero que no le resulte violento tenerle a él aquí.
–Bueno, tendré que hablar con mi marido, él tampoco le guarda mucho aprecio.
–Se lo agradezco, señora, solo les pido que cuando llegue, me dejen unos minutos a solas con él. Tiene muchas cosas que perdonarme.
–No se preocupe, don Vicente, aquí todos estamos para perdonar.

lunes, 24 de febrero de 2014

Pérez y Ondina

                                       www.perez-ondina.es / info@perez-ondina.es.


En el centro de fisioterapia de Pérez y Ondina te dan un trato muy especial, ya seas basurero, transportista o escritor.
–¿Ah, sí? ¿Y eso donde está?
–Está en Móstoles, en la calle Empecinado, nº 58.
–¿En Móstoles?
–Sí, en Móstoles, ¿tienes algo en contra de Móstoles?
–No, no, en absoluto.
–Ah, bueno, creía…

Ondina va por las tardes, y te trata todo tipo de contracturas y lesiones musculares.
–Ay, chica, qué bien me has dejado, qué manitas tienes…
–Pues deberías probar con Pérez, él tiene las manos más grandes y abarca más espalda.
–Ah, pues habrá que probar.
–No, no, no se confunda, yo soy Pérez y Ondina, osea, Pérez-Ondina. Pero me puede llamar Jorge.
–Caramba, qué confusión. ¿Y es verdad lo de las manos?
Tanto que a la pequeña Lola le alisó el pelo.
–Pero, hombre de Dios, ¿qué ha hecho con los rizos de mi niña?
–Perdóneme, se me ha ido la mano. Como la pobre tiene tan poquita espalda… ¿Pero a que ya no se queja de la bronquiolitis?
–No, que va, ahora me duerme toda la noche del tirón, sin llantos ni dolores.
–Lo ve, buena mujer, si aquí lo tratamos todo, mucho y bien.
–Pues sí, sí, va a ser que sí.
Y tanto que sí. Si hasta llegó a tratar la tendinitis de la pierna de un famoso futbolista.
–¿Cual? ¿Ese que coló aquel gol tan espectacular?
–No, el otro, el que se pasó todo el partido corriendo detrás de él.
–Ah, pues fue una buena carrera. Se ve que le trató la pierna a conciencia.
Pues claro que sí.
En una ocasión, le llamaron de una funeraria. Por lo visto, el difunto tenía los músculos tan contraídos, por el rigor mortis, que cuando lo metieron en el ataúd, se levantó en mitad del velatorio. El bueno de Jorge le dio un buen masaje, hasta relajar esos músculos tan tensos, y la ceremonia pudo seguir sin más problemas.
–¡Ja, qué bueno! Ahora si se podía decir que el hombre descansaba en paz.
–Amén a eso, hermano, amén.

viernes, 17 de enero de 2014

El ascensor

                                                     Dibujo de Universo Pamp.

El ascensor se paró, la luz se fue, y tú me abrazaste. Me abrazaste con fuerza, y aunque sé que fue más miedo que amor, o pasión, yo te besé. Te besé por todas las veces que fui incapaz de decirte nada. Tú tampoco hablaste, ni hiciste nada por apartarme. No sé cuanto tiempo estuvimos así, pero para mí fue una dulce eternidad. Cuando la puerta se abrió, me empujaste, asustada como si aquello no fuera contigo. Entonces apareció él, como un bombero de película que venía a tu rescate, y te lanzaste a sus brazos. Pero no fue igual, a él no le abrazaste con la fuerza con que me abrazaste a mí. Ahora, cada vez que subimos o bajamos, deseo con fuerza que la luz se apague, para amarte una y mil veces, cuando el ascensor se vuelva a parar.

lunes, 6 de enero de 2014

Paco y el monstruo

                                                   Esta vez el dibujo es mío.


Paco tiene un monstruo en su habitación, que por las noches le atormenta, riendo y agitando los brazos. El pobre grita y grita sin parar, hasta que su madre enciende la luz y se lo encuentra sentado en la cama, temblando de miedo.
–Hijo, ¿qué te pasa?
–¡Mamá, un monstruo, un monstruo! –repite una y otra vez, señalando al perchero.
Ella le abraza para calmarle.
–No, cariño, no, sólo es tu abrigo en el perchero, cálmate.
Pero él lo sigue viendo, y sigue gritando.
–¡Un monstruo, un monstruo!
Ella le abraza más fuerte hasta que logra calmarle.
–No te preocupes, cielo, solo ha sido un sueño.
Y se lo lleva a dormir a su cama.
A su padre no le hace ninguna gracia.

Y así noche tras noche.

–¡Mamá, un monstruo, un monstruo!
–Pero, hijo, ¿no ves que es el perchero? Tranquilízate.
–Mamá, ¿puedo dormir con vosotros?
–Vale, pero no te acostumbres.
Y aunque Papá refunfuña, a Paco no le importa. Sabe que estando allí sus padres, el monstruo no se atreverá a entrar.

Su padre se hartó y aprovechó la hora del desayuno para decírselo.
–Paquito, ya eres mayor y tienes que dormir en tu cama. Ya sabes que los monstruos no existen.
El pobre niño no supo qué contestar. Tenía la boca llena de chococrispis.

Pero el monstruo seguía apareciendo.

–Mamá, ¿puedo dormir con vosotros?
–No, hijo, no, tienes que ser valiente –ella le acarició–, duerme tranquilo.
–¿Me puedes dejar encendida la luz del pasillo? –preguntó.
Ella negó con la cabeza, apagó la luz y cerró la puerta.

Paco se acurrucó bajo la funda nórdica. Dentro hacía mucho calor, pero él no quería salir. Intentaba tranquilizarse, pero tenía miedo. Cuando empezó a oír la siniestra risa del monstruo, cerró con fuerza los ojos, apretando los dientes, y se tapó las orejas. Aguantó un buen rato así, hasta que no pudo más y asomó la cabeza para respirar. Entonces lo vio, agitando los brazos, con los ojos rojos y los dientes afilados.

–¡Mamá!
La puerta se abrió y la luz se encendió. Esta vez era Papá, y estaba enfadado.
–¿Se puede saber qué pasa?
–¡Papá, un monstruo, un monstruo! –gritaba señalando.
–¿No ves que solo es un abrigo colgado en el perchero?
Paco estaba aterrado, quería pedirle que le llevara a su cama, pero sabía que él no le dejaría. Al final, el padre se apiadó.
–Vamos, hijo, –dijo acariciándole la cabeza– no lo pienses más y duérmete.
Paco le miraba con los ojos llorosos.
–¿Si te doy esta linterna te quedas más tranquilo?
El niño afirmó con la cabeza.
Le dio la linterna, le arropó y le besó en la frente. Apagó la luz y cerró la puerta.

Cada vez que el monstruo se reía, Paco le enchufaba con la linterna, para asegurarse de que solo era un perchero. Y así se pasó un par de horas, hasta que se acabaron las pilas. Entonces, se volvió a meter bajo el nórdico, asustado, repitiendo una y otra vez:
–Eres un perchero, eres un perchero…

El padre se quedó mirando como su hijo mojaba tristemente, una magdalena en el colacao.
–Paco, ¿qué te pasa?
–Que soy un cobarde –contestó.
El padre se emocionó.
–No, hijo, no.
–Sí, Papá, yo quiero ser como los valientes que no tienen miedo, pero soy un cobarde.
Él le puso la mano en el hombro y le miró de esa manera que tenía de mirar cuando iba a decir algo importante.
–No, hijo, no, los valientes también tienen miedo, pero se enfrentan a él. Por eso son valientes – le guiñó el ojo, sonriendo–. Además, tu y yo sabemos que los monstruos no existen.
Paco se quedó pensando, viendo a su padre irse a trabajar.

Una noche más, el monstruo acudió, con su siniestra risa. Paco, asustado bajo la funda nórdica, se decía a sí mismo:
–Tienes que ser valiente, tienes que ser valiente…
Pero el monstruo seguía riéndose. Él repetía una y otra vez:
–Tienes que ser valiente, tienes que ser valiente…
Paco pensó que si atrapaba al monstruo, sus padres verían que es verdad, y se decidió a tenderle una trampa. Apretó los dientes y, sin salirse del nórdico, se escurrió debajo de la cama.
–Soy valiente, soy valiente –se repetía.
Su plan era salir por el otro lado de la cama y pillar al malvado despistado. Allí abajo estaba muy oscuro. Al fondo se veía algo brillar.
–Soy valiente, soy valiente…
Cada vez tenía más miedo, pero era ese miedo el que le empujaba a seguir adelante. Pensó que sería algún juguete brillante que había perdido allí, e intentó ignorarlo.
–Soy valiente, soy valiente…
Cuando salió al otro lado, estaba muy nervioso y temblaba sin parar. A pesar de la oscuridad, entraba luz de la calle y podía ver la silueta del monstruo agitando los brazos. Estaba de espaldas. Era el momento de atacarle.
–Soy valiente, soy valiente…
Apretó los puños y tomó carrerilla, saltó sobre el arcón de los juguetes, y desde ahí arremetió contra el cruel monstruo.
–¡Aaah! –gritaba con los ojos cerrados.
El perchero, al caer, soltó un estrepitoso ruido. La luz se encendió. Era Mamá, estaba muy enfadada.
–¡Por el amor de Dios! ¿Se puede saber qué haces?
Paco se encontraba en el suelo, agarrando el perchero y mordiendo el abrigo.
–¡Ya estoy harta –gritaba la madre–, te vas a dormir de una vez, y no quiero volver a oír nada de la historia del monstruo!
Metió al niño en la cama, levantó el perchero, colgó el abrigo, apagó la luz, y se fue dando un portazo.

Paco estaba furioso, su madre se había enfadado con él por culpa de aquel estúpido monstruo que no le dejaba dormir. Apretó los dientes, e intentando no gritar, miró fijamente a sus ojos rojos.
–Maldito monstruo, ya no te tengo miedo, ya no te tengo miedo…

Y así estuvo toda la noche, hasta que se quedó dormido y el monstruo desapareció.



Algunas noches, el monstruo vuelve con su risa tenebrosa y sus ojos rojos, pero Paco ya no le escucha, y aunque él sigue allí, el miedo se fue. Ahora Paco duerme feliz.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Hostal Cartagena

                                                    Dibujo de Universo Pamp.

La noche era cerrada, no había estrellas en el cielo ni luces en la carretera. Hacía mucho que la ciudad desapareció del retrovisor. Ni siquiera el viento soplaba. Los faros del coche alumbraban la nada y en cualquier momento me dormiría sin tan siquiera saber a dónde iba. Avisté una luz brillante a lo lejos, que me atrajo ante un viejo motel. El letrero era tan luminoso que apenas pude leerlo. No había coches en el aparcamiento ni luces en las ventanas. Parecía estar cerrado, pero aún así entré.
El sitio olía a rancio. Las paredes estaban enmoquetadas en un rojo chillón bastante apagado y la recepcionista parecía una vieja gloria de Hollywood decrepita. Me dijo algo que no entendí. Yo le pedí una habitación para una noche. El polvoriento registro estaba lleno de garabatos y firmas extrañas. Solo quedaba una habitación, la 237. Firmé y cogí la llave, pero no recuerdo haber pagado. Le pregunté por el bar, si la cocina estaba abierta y si aún podría cenar algo. Ella señaló la puerta de la cafetería. Cuando iba a entrar la oí decir entre dientes:

–Bienvenido al Hostal Cartagena.

Aquello no era un bar de carretera, era una enorme cafetería a modo de discoteca antigua. Estaba desierta y no sonaba música alguna. La bola de espejos del techo no reflejaba la luz. El camarero, detrás de la barra, agitaba una coctelera. Parecía sacado de una película de los cincuenta.
¿Qué va a tomar? –preguntó sin ganas– ¿Whisky, Martini o champagne?
–No, gracias –contesté–, llevo diez meses sin probar el alcohol. Solo un café.
–Allá usted ¿Le echo un chorrito de coñac?
Le ignore. Le pregunté por la cocina, quería cenar. Me dijo que estaba cerrada desde el cuarenta y cuatro. No quise reírle la broma, me tomé el café y me fui a la habitación. Si en la entrada olía a rancio, la cafetería apestaba a ceniza.

El pasillo era oscuro y daba la impresión de ir cuesta abajo. El botones alumbraba con una ridícula vela. Aunque tenía la estatura de un niño, parecía más bien un anciano. Su mano temblaba, y la luz de la vela fluctuaba como si se fuera a apagar. Por un momento, me recordó a un actor de los de antes, pero al no recordar su nombre, dejé de pensar en ello. Estaba demasiado cansado y le seguí hasta la habitación, sin decir nada. Cuando me abrió la puerta, farfulló:

–Bienvenido al Hostal Cartagena.

La habitación era extraña de una manera que no sabría explicar. El espejo del techo me hizo pensar que era más un burdel que un hotel de carretera, pero no quise darle vueltas al asunto y me dormí. Me dormí con una inquietud que me hacía dar vueltas en la cama. Ignoro cuanto tiempo había pasado, pero el sonido de la puerta me alertó. Una mujer, pálida como la muerte, entró en la habitación. Su desnudez me paralizado, sus siniestros ojos me miraron durante un buen rato, y cuando menos me lo esperaba, se metió en mi cama. Me sentí incapaz de reaccionar. Ella me abrazó, me abrazó con fuerza, y el frío invadió mi alma.
Me desperté chillando, mirando a mi alrededor con desesperación. No había nadie. Todo estaba en su sitio. Por un momento intenté relajarme, pero en el fondo sentí que ella seguía allí.
Salí corriendo, sin tan siquiera saber a dónde iba. El pasillo parecía más largo que antes. El silencio era enfermizo. Cuando me di cuenta, me encontré en la cafetería, en calzoncillos y sin saber qué hacer. Aunque el sitio seguía vacío, me senté en un reservado para disimular mi desnudez. El olor a ceniza era mayor, como si una convención de fumadores hubiera estado allí recientemente. En la pared había antiguas fotos del lugar, en ellas salían celebridades de la época, nobles, actrices, toreros y periodistas.
¿A usted también le han echado?
Un tipo gordo y calvo se sentó frente a mí. Estaba en calzoncillos y camiseta.
–No se preocupe –dijo sonriendo–, aquí pasa muy a menudo.
Yo le miré, sin saber qué decir.
–Ya se acostumbrará –siguió hablando mientras miraba las fotos–, este sitio tiene más años de los que recuerdo.
Llegó el camarero, intentando sonreír.
¿Qué van a tomar, whisky, Martini o champagne?
–Ponme un cubata –contestó el hombre–, y a mi amigo...
¿Al caballero un café? –preguntó en un intento de burla.
–Sí, gracias –gruñí.
El tipo se puso a contarme batallitas del pasado, una tras otra, entre cubata y cubata, y cuando parecía que no lo iba a hacer, se calló. Se encendió un puro, y me miró muy serio.
–Bueno, ¿me lo va a contar?
¿Contarle el qué? –pregunté extrañado.
–Pues qué va ser, lo que le ha traído a este lugar.
¿A mí?, nada –dije sin convicción–, sólo estoy de paso.
Ahora su cara era de circunstancia, me miraba como si se apenara de mí. Entonces se bebió su octavo cubata de golpe, y se levantó. Me dio una palmada en el hombro antes de irse.
–Bueno, ya nos veremos. Me voy a matar a la bestia –dijo sin inmutarse, y salió de allí tarareando una antigua canción.
La escena era demasiado ridícula, no quería entenderla, y decidí volver a la habitación. La recepcionista me vio pasar y me preguntó algo, mientras fumaba como una vieja locomotora. Intenté ignorarla, pero cuando me alejaba pude oírle decir:

–Bienvenido al Hostal Cartagena.

El pasillo se veía más oscuro que antes. Eché en falta al niño/anciano de la vela. Ahora se oían susurros, pero no los quise escuchar. La habitación parecía tranquila, no había nada que temer, estaba cansado y todo aquello debía de ser una pesadilla. Solo necesitaba dormir.
Ella volvió a aparecer, desnuda, pálida y fría. Daba vueltas por la habitación, sin dejar de mirarme. Yo me acurruqué bajo las sábanas como un chiquillo asustado que esperaba que aquella horrible visión desapareciera. Pero no lo hizo, cuando la sentí meterse en la cama, salí corriendo de allí. Esta vez agarré la ropa y me la puse en algún momento, en ese tenebroso pasillo.
Aunque iba descalzo, entré en la cafetería y me senté junto a la barra. Al otro lado había un hombre raro, con cara de loco, que murmuraba algo sobre el amanecer. Quise preguntarle, pero el camarero apareció como de la nada, y preguntó:
¿Qué va a tomar el señor esta noche? ¿Otro café?
Y aunque el tipo era muy serio, tenía la impresión de que se burlaba de mí.
–Sí, claro –gruñí.
¿Seguro que no quiere que le eche un chorrito de Coñac?
Una vez más, le ignoré. Quería saber más sobre aquel extraño tipo que sostenía un cuchillo al otro lado de la barra, pero cuando me giré ya había desaparecido.
–Se ha ido a matar a la bestia –comentó el camarero.
La bestia, otra vez la bestia. Todo aquello era muy raro, pero no pregunté. Me fui sin tomarme el café. Estaba claro que tanta cafeína me había desvelado y me hacía ver cosas que no eran verdad.
Al pasar ante la recepcionista, me dijo con su agria voz:

–Bienvenido al Hostal Cartagena.

El pasillo parecía aún más oscuro. Se oían voces lejanas y extrañas pisadas. A cada paso que daba, más tenía la impresión de adentrarme en el infierno. Quise relajarme al entrar en la habitación, pero me puse a registrarla para asegurarme de que era un sitio seguro, y podía dormir tranquilo. La cama estaba vacía, pero la vi a ella en el espejo del techo. Estaba allí, retozando conmigo, y cuanto más me abrazaba, más veía mi cuerpo congelarse. Aquella visón me horrorizó, como si fuera verdad lo que estaba viendo. Sentí un escalofrío por todo mi cuerpo, y salí corriendo como alma que lleva el diablo, por ese interminable pasillo. Había un anciano tirado en el suelo, pidiendo ayuda, pero yo no paré hasta llegar a la salida. La recepcionista intentó decir algo, pero la ignoré. Crucé la puerta con decisión. Entonces me encontré de nuevo en la cafetería.
No podía ser.
Había gente sentada en los reservados que me miraban y murmuraban. En uno de ellos se encontraba el hombre de antes, saludándome con la mano. Ahora tenía puestos los pantalones, pero su camiseta, estaba manchada de sangre.
–Bueno, bueno –me sonrió–, cuanto tiempo. Me alegro de verle.
Me senté junto a él.
–Pero, ¿qué ha pasado aquí? –pregunté asombrado.
–Na, no se preocupe –dijo colocando un cuchillo ensangrentado en la mesa–, solo he matado a la bestia.
¿A la bestia?
Quise preguntarle por toda esa locura, pero el camarero me interrumpió con su sequedad habitual.
¿Qué van a tomar los señores? ¿Cubalibre? ¿Café?
–No, qué va –contestó–, ponme un chato de vino, y a mi amigo ponle otro.
Estaba muy cansado y cedí. Afirmé con la cabeza, dispuesto a tomarme un vino para calmar mis nervios.
–Lo siento, caballero –advirtió el camarero–, pero no tenemos vino desde el treinta y seis.
Por un momento sentí que no era una burla, que hablaba en serio.
–No importa, nos bastarán un par de cubatas –añadió mi amigo.
Me di cuenta de mi error y decidí salir de ahí antes de que volviera al agujero negro del alcohol, pero un muchacho pálido y delgado, se puso delante.
¿Es usted el nuevo? ¿El de la habitación 237? –pregunto sonriendo, mientras agitaba una copa de coñac.
Afirmé con la cabeza, mientras seguía en mi intento de levantarme.
¿Qué le traé por aquí? –continuó– ¡Pero no se vaya, hombre!
Le empujé. El coñac se estrelló contra el suelo mientras yo salía por la puerta. La recepcionista, al verme pasar, dijo:

–Bienvenido al Hostal Cartagena.

Intenté salir una vez más, pero me encontré corriendo, de nuevo, por ese profundo pasillo. No quería volver a la habitación, sólo quería salir de allí. Apenas podía respirar. El rojo apagado de la moqueta parecía estar bañado en sangre. Y aunque estaba agotado, no podía dejar de correr. Una anciana, vestida como una vulgar prostituta, me chistaba desde un rincón.
¿No pensarás abandonar el hostal sin probar sus placeres? –me dijo.
Yo corrí, corrí sin parar, mientras esa mujer intentaba mostrarme un pecho. Se empezaron a oír gritos y carcajadas, que atormentaban mi alma. Y cuando me paré ante la puerta de mi habitación, la 237, se me aparecieron dos niñas tenebrosas, manchadas de sangre, que decían sin parar:
–Ven a jugar con nosotras. Ven a jugar con nosotras.
Grité. Me derrumbé como un saco de patatas en el suelo. Yo sólo quería despertar de aquella horrenda pesadilla.

Por fin desperté. Tenía la sensación de haber pasado una eternidad en esa habitación. Pero todavía era de noche. Ahora estaba tranquilo, había descansado. Me di una ducha fría, porque por más que girase la llave no salía agua caliente. No me importaba, yo sólo quería salir de ahí. Mi ropa había desaparecido, sólo pude encontrar un elegante frac hecho a mi medida, en el armario. No me lo pensé dos veces y me lo puse. Cogí mi cartera, el reloj, y me calcé los zapatos. Ya era hora de salir de aquel sitio.
En el pasillo se escuchaban voces, cuchicheos y un continuo ir y venir de gente. Por muy extraño que pareciera, no me daba miedo, más bien parecía el ajetreo anterior a una fiesta. Aunque ahí no había nadie. Cuando llegué a la salida, la recepcionista estaba fumando con boquilla, se la veía más joven, como una estrella de Hollywood en todo su esplendor. Se levantó, y con una bonita sonrisa me dijo:
¿No va a desayunar? Le están esperando.
Por alguna razón no supe decirle que no. Supongo que era demasiado guapa. Entré una vez más en la cafetería, pero ahora todo era distinto. Había mucha gente vestida de gala. La bola de espejos relucía, y una orquesta tocaba en el escenario aquella canción de los años setenta. El hombre calvo estaba allí. También llevaba un frac, pero tenía una puñalada en el pecho.
–No se preocupe –dijo sonriendo–, es que mi mujer se pone hecha una furia cada vez que la mato. Pero no es nada. Llevamos así muchos años.
Ni siquiera me inmuté. Ya me daba igual. El camarero llegó sonriendo, y nos dio una copa de champagne a cada uno. Yo acepté gustoso. La gente bailaba alrededor. El anciano del suelo y la prostituta del pasillo parecían más jóvenes. Las dos niñas correteaban al otro lado del salón. El joven del coñac se acercó a nosotros. Yo me disculpé por lo de la noche anterior.
–No se preocupe –dijo sonriendo–, eso ya pertenece al pasado –y me ofreció un puro.
En el fondo sabía que eso no estaba bien, pero me dejé llevar y compartí con esa gente su felicidad, brindando y bebiendo champagne, y fumando habanos, uno tras otro.
Entonces la vi allí sentada en un reservado, con un vestido rojo escotado que la hacía muy sexy. Parecía ajena a la fiesta, mirando a ningún lado con sus ojos fríos. No sé por qué, pero me acerqué.
–Hola, ¿puedo invitarte a algo?
Ella no contestó.
Atontado como un adolescente, le solté las típicas frases, pero ni siquiera me miró. Me senté junto a ella y le ofrecí una copa de champagne.
¿Nos conocemos de algo? –pregunté.
Ella miró una foto de la pared, una mas grande y vieja que las demás. Era de la promoción del sesenta y siete, en ella estaban todas las celebridades de la época, y en el centro un tipo sonriente que, por alguna extraña razón, me parecía familiar. No lo pensé más y me decidí, la saqué a bailar. La orquesta tocaba una y otra vez la misma canción. Ella me abrazó. Me abrazó con tanta fuerza que sentí el frío de su cuerpo. Entonces escuché a la orquesta cantar el estribillo de la canción, que decía algo de matar a la bestia. Fue entonces cuando recordé de que canción se trataba. Fue cuando comprendí que no amanecería nunca, y que el tipo de la foto era yo.

Allí estaban todos, felices, alzando las copas en mi honor, gritando al unísono:

¡Bienvenido al Hostal Cartagena!

jueves, 5 de diciembre de 2013

¡El lobo ataca!

                                                   Dibujo de Universo Pamp.

El lobo saltó la valla del parque y uno tras otro, empezó a comerse a los niños. Ellos corrían chillando.
Miguel le ofreció caramelos para que no se lo comiera, pero él no quería caramelos, solo niños.
Julián intentó ser su amigo para poder razonar con él, pero no necesitaba amigos, solo comer.
Y Angelita lloraba mientras el lobo se la comia.
–No llores así, niña –se lamentaba–, ¿no ves que soy el lobo y te tengo que comer?