jueves, 16 de junio de 2016

Las bragas de Raquel

                                                     Dibujo de Universo Pamp.


En aquellos tiempos, todos hablaban de Raquel. De lo guapa que era, de lo buena que estaba, de las cosas que hacía… Nosotros no lo entendíamos, pero tampoco queríamos ser menos.

Todavía recuerdo la tarde en que el bocazas de Rafita apareció, con los ojos fuera de sus órbitas, diciendo que le había visto las bragas. Ya ves tú, unas bragas. Como si yo no estuviera harto de ver las de mi hermana, en el cesto de la ropa.

–¡Tú eres idiota! ¿Cómo va ser lo mismo verlas tiradas, que vérselas puestas?

Nos enzarzamos en una discusión. Nos llamamos ingenuos, ignorantes, inmaduros, y no sé cuantas tonterías más. Carmelo preguntó de qué color eran.

–¡Rosas, tío, son rosas!

Entonces llegó Aitor, el Brasas, encendiéndose un cigarrillo.

–¿El qué son rosas? ¿El color de tus pelotas?

Él siempre se estaba burlando de nosotros.

–¡No, tío, no! ¡Las bragas de Raquel! –dijo Carmelo.

–Pero qué vais a saber vosotros, si sois unos mocosos.

–¡Pues que sepas que éste le ha visto las bragas!

–Ya ves tú, las bragas –contestó, echándonos el humo del cigarro–, esas se las hemos visto todo el barrio. Pero a ver quién es el guapo que se las quita.

Los chicos se enfadaron, y empezaron a gritarle. Él les llamó niñatos. Ellos le llamaron gilipó. Yo recordé lo que el abuelo me había dicho un montón de veces.


–Si verdaderamente quieres algo, tienes que pedirlo con educación.

Entonces empezaron a reírse.

–Pues ala, valiente, pídeselas por favor.

–Eso, eso, valiente.

Me sentí traicionado. Hasta mis amigos se reían de mí. A Rafita se le estaban empañando las gafas, de la risa. Apreté los dientes, para no llorar, y me fui a buscar a Raquel.

–¡Valiente, valiente! –se burlaban.

La encontré en el parque, sentada en un banco, mirando yo qué sé en el cielo, con las manos entrelazadas. Estaba guapísima. Cuando me acerqué, me miró con dulzura.

–Hola, guapo. ¿Qué quieres?

Yo me puse colorado, al ver como sonreía.

–¿Qué puedo hacer por ti? –insistió.

Cuando se lo dije, me arreó un bofetón. Me llamó marrano, me dijo que era un canijo sinvergüenza.

Las risas sonaban tras los arbustos. El humo de un cigarrillo delataba la presencia del Brasas.

–¡Marrano! ¡Sinvergüenza!

Los que gritaban eran mis amigos.

Raquel se dio cuenta, en seguida, de lo que pasaba, pero hizo como si no les oyera, y me volvió a sonreír.

–Oye, si quieres mis bragas, tendrás que ofrecerme algo a cambio –dijo–. Entrégame tus calzoncillos.

–¿Qué? ¿Aquí? ¿Ahora?

Yo estaba muerto de vergüenza.

–¡Vamos, marranete, dáselos! –se seguían burlando.

Ella seguía mirándome.

–No tengo todo el día.

La cremallera se me atascó, tardé en desabrochar el cinturón, y el botón salió disparado. Las carcajadas eran cada vez más fuertes. Los pantalones no salían, y me tuve que quitar los zapatos, de mala manera, quedándose un calcetín metido en uno de ellos. Cuando me quité los calzoncillos, oí a más de uno llamarme pichulín. Entonces Raquel, en un abrir y cerrar de ojos, se quitó las bragas, sin tener que subirse la falda, ni quitarse los zapatos. En efecto, eran rosas.

Las risas y las burlas pararon.

Ella, besándome en la mejilla, me dijo:

–Toma, machote, te las has ganado.

Cogió mis calzones y se fue tarareando una canción de Radio Futura.

Todo estaba en silencio. Yo me quedé ahí, pasmado, sin saber que decir, hasta que Aitor, el Brasas, salió de detrás del matorral, aplaudiendo.

–Bravo, valiente. Eres un machote.

–¡Bravo, bravo! –coreaban los otros– ¡Machote, machote!

Rápidamente, me puse los pantalones y me até los cordones de los zapatos, como buenamente pude, y me fui corriendo a casa, agitando con orgullo la rosada bandera de mi triunfo.

Mi madre me soltó un tortazo, y me llamó pervertido. Me castigó una semana sin salir. Fueron siete días en los que no se dejó de contar mi hazaña, por todo el barrio.

domingo, 15 de mayo de 2016

Je'jee

                                                     Dibujo de Universo Pamp.


Con tan solo doce años, Je'jee sentía que había perdido su infancia. Ya no recordaba a sus padres, solo el día en que los soldados llegaron a la aldea y se llevaron a todos los niños. Desde el momento en que le pusieron un arma en las manos, todo fue disparar y disparar. Disparar en el nombre del rey, disparar en el nombre del presidente, por la república democrática, o por el honor del batallón. El batallón era todo lo que tenía, Mvondo, Youssouf, Kimbu, y los demás niños; y el sargento Chumbo, con ese mal genio que tenía, siempre ordenando disparar. Hasta que aparecieron los soldados blancos, y dijeron que la guerra había acabado, que volvieran a sus casas. Pero Je'jee ya no tenía casa, así que se subió al monte, a correr libre y salvaje.

Allí se sentía bien, solos la naturaleza, las bestias y él. ¿Sería eso lo que llamaban felicidad?

Un día, Je'jee escuchó reír a alguien, detrás de los árboles. Aquello le llamó la atención y fue a mirar. Se trataba de unas hienas que estaban comiendo. Le hicieron tanta gracia que se fue con ellas. Así pasó un tiempo, correteando y comiendo carroña, sin saber por qué se reían, hasta que se encontró con un anciano que les miraba atentamente.

–¿Qué haces, muchacho, con esas carroñeras? –le preguntó.

El niño, sin saber qué decir, le ofreció un poco de comida, sonriendo con timidez.

–Anda, chico, deja eso y vente conmigo al poblado, donde podrás vivir como es debido.

Mientras subían la montaña, Je'jee, nervioso, no paraba de preguntar.

–¿Eres el chamán de la tribu?

–No, Je'jee, yo soy el abuelo de la tribu. El abuelo Yo'seh.

–¿Qué es ese palo que llevas?

–Es mi báculo.

–¿Es mágico? ¿Es para hacer conjuros?

–No, Je'jee, es para no caerme.

El niño se hizo en seguida amigo del abuelo, y le contó su historia. Le contó lo poco que recordaba, entre disparo y disparo. Le explicó que se fue con las hienas porque se había olvidado de cómo reír.

–¡Bah! ¿Qué sabrán esas bestias lo que es reír?

El abuelo empezó a contarle historias graciosas, una tras otra, como la de Mo'rrondo, que tenía una enorme cabeza, y cada vez que pasaba entre los árboles se quedaba atascado, haciendo que los pájaros le picotearan.

Je'jee se desternillaba de risa, y el anciano le decía:

–Pero no te rías, muchacho, que picoteo a picoteo, no solo le liberaban, sino que también le quitaban los piojos.

Y así, cuento tras cuento, carcajada tras carcajada, moraleja tras moraleja, llegaron al poblado. Todos les recibieron con alegría. Allí todo era felicidad, los hombres trabajaban cantando, las mujeres cocinaban bailando, y los niños estaban deseosos de ser amigos del nuevo. Estaba Dumisani, con una gran vitalidad, estaba Sandile, tan alegre y gracioso, y estaba Dianka, con sus brillantes ojos y esa preciosa voz que tenía al cantar. Jugaban al escondite, al pilla pilla, a las canicas y al fútbol, donde a veces se daban patadas y empujones, y en más de una ocasión, terminaban peleándose; pero al final, todo acababa en risas.

Allí todo era risas y canciones. Je'jee no pudo evitar acordarse de los niños de la tropa, siempre tristes, y del sargento Chumbo, siempre enfadado. Recordó sus gritos y sus golpes. Recordó los disparos y las explosiones. Comprendió entonces que esa pobre gente de ahí abajo, que solo sabía guerrear, nunca podría ser feliz, y sintió pena por ellos. Decidió que tenía que volver allí, para enseñarles a reír.

Cuando se lo contó al abuelo, este se disgustó. Se opuso de mil maneras, le dijo que no, que no, y que no.

–Tú no sabes cómo están las cosas ahí abajo, abuelo, tengo que ir –dijo el muchacho.

El anciano, emocionado, tuvo que ceder, y orgulloso, le dio su báculo, para que no se cayera.

–Recuerda, hijo mío –le dijo–, que allá a donde vayas, la risa siempre irá contigo. Al fin y al cabo, la llevas en el nombre.

Todos le despidieron con cánticos y palabras de ánimo. En el fondo, Je'jee sentía miedo, pero estaba decidido y no se iba a echar atrás. Contaba con los juegos que le habían enseñado, y con las divertidas historias del anciano. Se apoyó en el bastón y emprendió su camino.

Mientras bajaba el monte, podía oír las carcajadas del abuelo Yo'seh.

¡Jeje, jeje, jejeje, jejejeje!

sábado, 30 de abril de 2016

El jepe ese

                                                   Dibujo de Universo Pamp.

–Germán, hijo, gira a la derecha.

–No, mamá, que no es por ahí.

–¡Niño, no me discutas, que yo sé lo qué me digo!

–Que no, mamá, que llevo ocho años siguiendo esta ruta y sé muy bien por donde voy.

–Hazme caso, criatura, que si vas por la M-30 te vas a tragar todo el atasco.

–Que noo.

–Que sí, hombre, que me lo ha dicho el saturnito.

–Satélite, mamá, el satélite.

–Pues eso. ¿Para qué le pones al jepe ese la voz de tu difunta madre, si ni aún así me haces caso?

–GPS, mamá, se dice GPS.

–¿Pero quieres dejar de corregirme? ¡Qué pasa, que tu madre es tonta, que es una paleta, que no entiende de moderneces!

–Mamá, no empieces.

–No, si ya da igual, ya te has pasado la salida.

–Mamá, por favor, no te enfades.

–No, si no me enfado. Tranquilo, cien metros más adelante hay otro giro a la derecha.

–Pero, mamá, por ahí se va a Fuenlabrada.

–Pues mira, así te pasas a ver a tu tía Marga.

–¿Para qué voy a ir ahora, a casa de la tía?

–¡Ay, hijo, que hace mucho tiempo que no la ves! La pobre está muy sola, desde que me fui.

–Mamá, que llegaré tarde al trabajo.

–Pero qué descastado eres. ¡A la derecha, Germán, a la derecha!

–¡Qué sí, mamá, qué sí! ¡Ala, ya nos hemos perdido!

–Tranquilo, confía en el saturnete.

–Satélite, mamá, se dice satélite.

–¡Bueno, vale, pues cómo se diga eso! ¡Confía en tu madre, leñe!

–¿Pero dónde narices estamos? ¡Si esto es un jodido polígono industrial!

–¡Habla bien, niño, que me desconecto y te dejo aquí tirado!

–Perdona, mamá, no quería ponerme así contigo.

–Eso está mejor.

–Vale, por dónde vamos ahora.

–Mira, tira pa' lante, gira la segunda a la izquierda…

–Vaale.

–... Baja la calle… ¡Pero no vayas tan rápido, que atropellas a un chiquillo!

–¿Pero que porras hace ese niño? ¡Qué se me ha cruzado!

–Tranquilo, hijo, tranquilo. Que no ha pasado na.

–¡Tendría que estar en el colegio!

–Ya… ya… ya…

–Vale. ¿Y ahora qué?

–Rodea esa glorieta.

–Mamá, eso es una churrería.

–Bueno, da igual, rodéala.

–Vaale.

–Ahora gira la segunda a la derecha.

–¿Pero dónde estamos?

–¿Es que no lo ves?

–Nop.

–Pero mira que eres tonto. ¿No ves que es la parte trasera de tu oficina?

–¡Andá!

–Fíjate, llegamos media hora antes, y aquí tienes sitio de sobra para aparcar.

–Jo, mamá, qué grande eres.

–Ya te digo yo que te habría sobrado tiempo para visitar a tu tía.

–No empieces.

–Anda, gurriato, vete al trabajo. Y no te olvides que luego tienes que ir a por Jaimito.

–¡Ostras, que me había olvidado que esta semana me toca el niño! ¡Qué haría sin tí, mamá!

–Pues mira, si por mí hubiera sido, no te habrías casado con esa bruja.

–Entonces no tendrías ese nieto que tienes.

–Anda, zalamero, vete ya. Y pásate a ver la tía, cuando recojas al niño, que le vas a dar una alegría.

–¡Madre mía, menudo jepe ese tengo!

–¡GPS, hijo, se dice GPS!



Para mi madre, que amenaza con volver, el día que se vaya.

domingo, 24 de abril de 2016

Yuri

                                                    Dibujo de Universo Pamp.


Yuri se balanceaba en el columpio cuando los pájaros dejaron de cantar. El aire olía raro y el silencio era ensordecedor. Las mujeres llamaron a sus hijos. Sascha, Andrei, Boris…, todos salieron corriendo. Su madre tardó en llegar.

–Yuri, cariño, tenemos que irnos.

Metieron lo imprescindible en una maleta y abandonaron su hogar. A Yuri no le dio tiempo de coger su osito Mischa. Les metieron a todos en un enorme autobús, y les llevaron a un hospital. El pequeño no paraba de preguntar por su papá.

–Tranquilo, cielo, ya lo encontraremos –le decía mamá, mirando a todas partes.

Cuando anunciaron su nombre por megafonía, ella salió corriendo por un pasillo. Le dijo que la esperara allí, que no se moviera, que no tardaría. Fue la última vez que vio a su madre.

Le llevaron lejos, muy lejos, donde hacía más calor y podría vivir apartado de eso. Allí conoció a Marisol, y a su madre, Conchita. Ellas cuidaron de él, y le ayudaron a hacerse un hombre de provecho. Estuvo un par de años con vómitos y dolores, pero aquello pasó.

Con el tiempo, los suyos, los que pasaron por lo mismo que él, volvieron a casa, para esclarecer todo lo que pasó. Pero él no. Yuri se conformaba con saber que sus padres fuero héroes de la Unión Soviética, como Yuri Gagarin, el primer hombre que fue al espacio. Algún malicioso le contó que eso era mentira, que habían salido otros, antes, pero que él fue el primero en volver con vida. A Yuri eso no le importaba, sus padres combatieron contra un enemigo invisible que podría haber matado a mucha más gente de la que se llevó, y nunca serían reconocidos como el famoso cosmonauta.

Ahora la alarma está en Japón, y Yuri no ha dudado ni un momento en ir a ayudar, para que no vuelva a pasar lo mismo que sucedió veinticinco años atrás. Pero allí son muy suyos, y no aceptan la ayuda de extranjeros. Dicen que lo tienen todo controlado. ¡Qué no le cuenten milongas! Eso mismo dijeron entonces, cuando pasaron dos días expuestos a la radiación, hasta que el gobierno decidió evacuarles.

Aquello es un caos. Edificios derrumbados, calles inundadas, gente corriendo de acá para allá… A pesar de las sirenas y los gritos, el aire tiene ese silencio mortífero de entonces. Yuri hace un esfuerzo para no derrumbarse y echarse a llorar. De repente ve a una niña temblando en un rincón, abrazada a un muñeco, ajado, de Doraemon.

–No te asustes, ¿estás bien? –se le acerca, chapurreando el poco japonés que habla– Me llamo Yuri, ¿y tú?

–Michiko, me llamo Michiko –balbucea la niña–. No encuentro a mi papá, no encuentro a mi mamá.

Yuri abriga a la pequeña, con su cazadora, y la coge de la mano.

–No te preocupes, Michiko, vamos a encontrar a tus padres.

jueves, 31 de marzo de 2016

El Sol a escena

                                                Dibujo de Universo Pamp.



¡Menudo cisco se armó cuando el Sol se empeñó en salir!

–¿No ves que es de noche y ahora es mi turno? –insistía la Luna.

Pero él, erre que erre, hasta que se plantó allí, alumbrándolo todo.

–¡Ya la has liado, ahora no se me ve!

La Luna estaba furiosa. Las estrellas no brillaban. La Osa Mayor se quejaba y la Menor no paraba de llorar.

La gente no sabía si era de día o de noche, si tenía que trabajar o dormir, y los niños no querían ir al cole.

–¡No, no y no, yo no me marcho de aquí! –gritaba el Sol enfurruñado.

Los planetas se alinearon en una reunión urgente.

–¡Esto es intolerable! –exclamó Júpiter.

–¡No puede ser! –gruñó Saturno.

Plutón quiso opinar, pero no le dejaron porque ya no era un planeta.

–Pues vosotros veréis –insistió–, pero si no colaboramos todos juntos, no lo vamos a conseguir.

Al final le hicieron caso, y los planetas empezaron a girar alrededor del Sol, cada uno con su órbita. Los anillos de Saturno bailaban como un hula hoop. Marte se puso colorado de dar tantas vueltas. Y la Luna cantó una nana. Entre eso y la danza de los astros, el Sol terminó durmiéndose.

Ahora las estrellas brillaban en la noche. Y la Luna, que estaba cansada, solo salió a medias.

Los lobos de la estepa aullaban nerviosos, y el pequeño lobezno miraba al cielo con tristeza.

–No te preocupes –le consoló su padre–, mañana tendremos Luna llena.

domingo, 28 de febrero de 2016

El Pedo

                                                     Dibujo de Universo Pamp.


Cubedo se tiró un pedo. Estaba presentando su última obra, en el museo, y se le escapó uno sin querer. La gente y la prensa que acudieron al acto, pensaron que se trataba de una extravagancia del artista, y bautizaron así al cuadro. Las distintas interpretaciones del mismo surgieron una tras otra. La primera fue que aquel dibujo difuso sobre un fondo colorido era una ventosidad. A partir de ahí, cualquier tipo de simbolismo era posible. La paz, el amor, la lujuria desenfrenada, la belleza, el ocaso de los dioses… Muchos fueron los estudios y los libros que se publicaron sobre el asunto, pero ninguno aprobado por el autor. Sin embargo, lo más increíble del lienzo es su historia.

Durante la guerra, fue trasladado por embajadores alemanes, al Reichstag. El mismísimo führer lo declaró el más absoluto icono de su lucha. Cuando los soviéticos tomaron Berlín, se llevaron la pintura a Stalingrado, donde pasó a representar la revolución del proletariado. Cuentan que un agente doble del KGB robó el óleo, y no se sabe cómo terminó en manos de un espía del MI6, que lo entregó a su graciosa majestad, como botín de guerra. La reina lo colgó en una de las salas principales del palacio de Buckingham, como muestra de la grandeza del imperio. Pero la gloria duró poco, la famosa obra fue cedida al presidente de los Estados Unidos, en algún pacto territorial, para que fuera expuesta en el museo de Nueva York, simbolizando el sueño americano.

Durante todo ese tiempo, el pintor exiliado en Argentina, nunca dijo nada sobre su cuadro. Al llegar la democracia, el gobierno negoció y negoció para que la obra volviera a su país, coincidiendo con el regreso del gran autor. Se ha llegado a decir que se cambió por las obras completas del ilustre Zarraldo, cuya memoria fue borrada de la historia nacional, para evitar la vergüenza de que tan gran pintor fuera expuesto, sin pena ni gloria, al otro lado del océano.

Una vez ya establecido el artista en Madrid, y su obra en el museo del Prado, volvió el acoso por parte de los estudiosos, para que aclarara el significado del cuadro. Pero él no soltó prenda, dijo que tenían que haber prestado atención cuando lo presentó años atrás.

Cuentan que estando en su lecho de muerte, solo se lo reveló a su sobrino. Pero al ser autista el muchacho, se aseguró de que atesorara el secreto en su cerebro, sin posibilidad de aclaración alguna.

Llegados a esta parte de la historia, solo queda decir que, preparando el cuerpo del artista para su funeral, en una última broma, Cubedo se tiró un pedo.

viernes, 8 de enero de 2016

Ya vienen los ye-yes

                                                     Dibujo de Universo Pamp.


Los ye-yes yayos han llegado, cantando los éxitos de los sesenta, y apestando a hierba. El abuelo Gaspar trae porros, y la abuela Merche, incienso y peppermint. Él cuenta chistes verdes, luciendo su colorido poncho, y ella oculta su arrugada desnudez tras la guitarra, mientras canta a la libertad. Su cabello azul se ondea, agitado por el viento, al ritmo de sus desordenados acordes. El abuelo Beltrán ha llegado más tarde, cargado con birras. Le acompañan pajes, grupies y camellos. Traen regalos para todos. Hay leche, galletas, polvorones y copas de coñac.

¡Esta va a ser una gran fiesta como las de antes!