Dibujo de Universo Pamp.
Cuando volvió de la facultad, el dinosaurio continuaba allí mismo.
domingo, 29 de junio de 2014
Jeromín
Dibujo de Universo Pamp.
Hoy ha sido un
día duro. Intento olvidarlo, intento sacarlo de mi cabeza, borrarlo
como borro la pizarra, pero no puedo. Hoy, Jeromín ha hablado en
clase. Sí, Jeromín, el muchacho cabizbajo que nunca levanta la voz,
el que se pasa las tardes dibujando montañas. Nunca había dado
problemas, nadie tenía queja de él, claro, que a nadie le
importaba lo más mínimo. Su padre siempre estuvo ocupado, y su madre no le
escuchaba.
En clase no es
nadie, pero en su mundo es el león de la montaña, el malvado rey
Jeromín que domina a las bestias. En sus dibujos alza los brazos,
victorioso, bajo un sol amarillo limón.
¿Cómo poder
olvidarlo? Parecía jodido, sin dolor, sin reacción ninguna. Quise
ayudarle, ni siquiera recuerdo qué le pregunté, solo sé que se
levantó y abrió la boca. Liberó al león que lleva dentro, sacó
toda su ira.
Hoy, Jeromín ha
hablado en clase, y todavía me duele. Sus palabras me golpearon con
furia, con aquellos verbos afilados como los colmillos de una bestia.
No pudimos reaccionar, nos quedamos paralizados, atónitos, al ver
como salía corriendo. Corrió desesperado, por las calles, por los
descampados, por el bosque. Corrió hasta sabe Dios donde,
lanzando su grito de guerra.
La policía se lo
ha encontrado encogido en una piscina vacía. Hundido en su propia
miseria.
Aún no sé con
qué cara le miraré mañana.
lunes, 23 de junio de 2014
sábado, 31 de mayo de 2014
30 Minutos
Dibujo de Universo Pamp.
Aún queda media
hora para que la bomba explote. Media hora todavía y Lucía no acaba
de llegar. El edificio ya ha sido evacuado y me sobra tiempo para
huir, pero claro, si suelto el cable ya no será media hora sino 30
segundos. La suerte está echada, la policía no me dejará salir con
vida, y me niego a morir sin decirle que la quiero. ¡Maldita bomba
sensible a las ondas que no me permite llamarla! Bueno, mejor así,
por fin podré decírselo a la cara.
El contador marca
25 minutos. En verdad no es tanto tiempo, pues también le tengo que
pedir perdón. Perdón por todo lo que le hice, por los escándalos,
por las detenciones, por los embargos del banco, y por lo de su
padre. Yo nunca quise matarle, era un buen hombre, y un honrado
policía. Era una cuestión de muerte, era él o yo. En verdad fue un
accidente. ¡Como lo de esta bomba!
¡Maldita sea, 17
minutos! ¿Pero donde está?
A lo mejor no
quiere venir, quizá deseé verme muerto. Así se haría justicia, el
asesino habría caído. Puede que así por fin acepte el dinero del
atraco, si no por ella, por nuestro hijo. El pobre no tiene culpa de
nada.
12 Minutos. Si se
decide a venir no tendrá tiempo suficiente para huir, no podré
decirle todo lo que siento.
¡Mierda! Se me
está durmiendo la mano, no voy a aguantar mucho tiempo así. ¡Vamos,
imbécil, que aún quedan 6 minutos! Debería desistir y reventar de
una vez, pero no puedo renunciar a estos 4 minutos que me quedan para
verla. Aunque me pegara, aunque me escupiera en la cara y me llamara
idiota. Es lo que merezco, soy un mal marido y un mal padre, soy un
pésimo criminal. Nunca supe llevar una vida honrada, nunca supe
manipular explosivos.
50 Segundos. Ya
no vale la pena que venga. Mejor así, que viva su vida y sea feliz.
¿Lucía? ¿Qué
haces? ¿Por qué me miras así? Por favor, no digas nada.
¿Pero qué
haces? ¡No, no vengas! ¡Vete! ¡No, no me abraces!
¡Joder, que se
me escapa el cable!
sábado, 3 de mayo de 2014
El día de la madre
Dibujo de Universo Pamp.
Dolores
se levantó esa mañana temprano, ignorando los achaques, y limpió
la casa de cabo a rabo, hasta dejarla como una patena. Podía
reflejarse en los azulejos del baño, pero no quería verse vieja y
arrugada, todavía no. Se puso lo primero que encontró y bajó al
mercado. Compró lo justo para preparar una mala comida y una gran
cena, discreta pero buena, para cuatro invitados. Pasó por la
pastelería de Gallardo y cogió una tarta de albaricoques, la que
tanto gustaba a Rufino.
De
vuelta en casa, descansó un rato su dolorida espalda y se puso a
cocinar. Preparó un caldo para comer y unas truchas encebolladas
para la cena. Les añadió patatas al estilo campero, como le
gustaban a Teófilo. Sabía que de ahí a la noche se quedarían
frías, pero tampoco importaba mucho.
Se
echó una siestecilla viendo la telenovela, y después se dio un buen
baño caliente, nada de duchas frías, le puso sales aromáticas de
la Toja. Estuvo un buen rato en el agua, a riesgo de arrugarse más,
disfrutando el momento de paz antes de la fiesta.
Dejó
los vestidos negros en el armario y se planchó la falda azul marino.
La combinó con su camisa estampada. Se maquilló la cara para estar
guapa, pero no se puso sombra de ojos en deferencia a su madre, ella
siempre pensó que eso era de fulanas. Sus pulmones hicieron un
esfuerzo especial por soportar la cantidad de laca necesaria que
echarse para que su pelo quedara curioso.
Cuando
sacó el mantel de los domingos y la cubertería buena, los gatos
salieron de la casa, porque sabían qué día era.
Colocó
la mesa en mitad del salón, con sus cinco sillas, sus cinco
cubiertos y sus cinco platos de trucha con patatas. En las cinco
copas sirvió vino tinto del bueno, de Valdepeñas, que trajo de la
bodega de Damián. Sabía que Hipólito no podía tomar alcohol, pero
qué porras, un día era un día.
Colocó
las fotos de sus cuatro hijos, cada una en su sitio, y la tarta de
albaricoques en el centro de la mesa, adornada con cuatro velas. Se
sentó y esperó con la copa en la mano.
Cuando
se apagó la primera vela, sabía que era Rufi, él siempre era el
primero en llegar a ver si su madre necesitaba algo. Tras su hermano,
Poli no tardó en aparecer, el pobre siempre necesitando la ayuda de
mamá. Inmediatamente, la tercera vela se apagó cuando Teo acudió
al olor de las patatas camperas. La cuarta vela tardó un rato en
apagarse, pero la forma violenta en que lo hizo anunciaba claramente
la llegada de Juanra. Su madre no se lo tuvo en cuenta, hacía tiempo
que le perdonó todo aquello.
Pletórica
de felicidad, alzó la copa y se dijo a sí misma:
–¡Feliz
día, mamá!
domingo, 20 de abril de 2014
El cadáver iluminado
Dibujo de Universo Pamp.
Cuando de la Cruz
sacó aquel cuerpo del depósito, se maravilló ante tanta belleza
imposible de describir. Nunca había visto otra mujer así y perdió
la noción del tiempo que estuvo admirando el cadáver, hasta que una
voz le sacó de su trance.
–La jodía era
guapa, ¿eh?
–Si, es
preciosa –contestó embelesado, incapaz de reaccionar ante el
desconocido–, pero, ¿quién es usted?
–Subinspector
Tomás –le enseñó la placa–, ¿es usted el doctor de la Cruz?
El forense afirmó
con la cabeza, mientras recuperaba la cordura.
–¿Qué le ha
pasado a esta chica?
–¿Es que no ha
leído el informe? –preguntó el subinspector con indignación.
De la Cruz,
avergonzado como el niño al que pillan sin haber hecho los deberes,
negó con la cabeza.
–Se llamaba
Magda, Magda nosequé –comenzó a explicar el policía–, no
llevaba documentación, pero la han reconocido las putas del
calabozo. Unas dicen que era kosovar, otras que era rusa, da igual,
la cuestión es que era de Europa del este.
El forense se
fijó en sus facciones, y en efecto, parecía rusa-kosovar. Su piel
pálida, su cabello rubio, y esos ojos azules que parecían mirarle.
–Se la
encontraron ayer –prosiguió el subinspector–, muerta, en mitad
de la plaza de la Pasión.
–¿Ayer?
–Sí, ayer.
–No puede ser
–de la Cruz estaba asombrado–, el cuerpo no presenta rigor
mortis, su piel está tersa, como si aún viviese.
–Pues le
aseguro que está muerta –bromeó Tomás–, palpe, palpe, a ver si
le late el corazón.
–¡Subinspector,
no se burle! –le increpó– ¿No ve que el cuerpo está
incorrupto?
–De incorrupto
nada, doctor, que se la encontraron llena de cortes y moratones.
¡Lea, lea el informe! –ya no le hacía gracia el tema.
–¿Es que no lo
ve? Si parece más bien una virgen o una santa.
–¡Vamos,
doctor, no me haga reír, si era más puta que las pesetas!
–Pero fíjese,
ni su delicado cuerpo ni sus delgados brazos presentan mancha alguna.
–Pues era una
puta yonqui.
–Pero mírelo,
subinspector, ni siquiera hay pinchazos en sus preciosos píes.
De la Cruz se
estaba poniendo muy pesado, y el policía ya no aguantaba aquella
absurda discusión.
–Doctor
–intentó bromear–, ¿no se estará enamorando de la muchacha? No
me gustaría encontrarle haciendo cosas raras con el cadáver…
–¡Subinspector,
por favor, qué soy un profesional!
–¿Sí? Pues
por ahí comentan cosas sobre usted…
–¡Maldita sea,
Tomás! ¿No se lo habrá creído? –parecía que iba a echar espuma
por la boca– ¡Eso son falacias, mentiras puñeteras! ¡Habría que
oír lo que dicen de usted!
–Tranquilícese,
hombre, tranquilícese –intentó apaciguarle–. Vamos a hacer una
cosa, yo me voy a seguir con la investigación, y volveré en un par
de horas, a ver cómo va con la autopsia. Sólo le pido que se dé
prisa, necesito el informe antes de que amanezca.
De la Cruz estaba
indignado. El imbécil de Tomás había conseguido que le temblaran
las manos. Necesitaba un trago, pero llevaba treinta días sin probar
el alcohol. Entonces comprendió que era ella la que le ponía
nervioso. Se sentía incapaz de corromper aquel cuerpo con su
bisturí. Sus ojos sin vida no dejaban de mirarle, y su boca
insinuaba una sonrisa que parecía ocultar un secreto. Se preguntaba
qué le había sucedido. Se preguntaba por qué le habían sacado de
casa, a esas horas, en domingo, estando suspendido de empleo, que no
tenía necesidad de manipular ningún cuerpo muerto; y lo que es
peor, ¿por qué le había llamado el subinspector Tomás con tanto
secretismo y tanta urgencia? ¡Si ni siquiera se conocían! ¿Por qué
a él y no a otro? Sospechaba que no habían contado, en ningún
momento, con la aprobación del comisario Ponce, porque él nunca
aceptaría su implicación en el caso, sobre todo después del
escándalo de la niña de Monteolivar. Le habría preguntado
directamente a él, pero tenía un miedo atroz al comisario y sus
posibles reacciones.
La chica seguía
mirando y sonriendo. Sus manos dejaron de temblar, y decidió que
tenía que desentrañar ese misterio, él mismo.
El primer paso
lógico era acudir a los calabozos y preguntar a las prostitutas.
Ellas sabrían algo sobre el tema, pero se burlaron de él, sólo era
un simple forense y no tenía madera para los interrogatorios. Le
dijeron que si quería un numerito morboso con ellas le harían un
buen precio. Pensó en el impoluto cuerpo desnudo que se postraba en
la mesa de autopsias, y despreció a aquellas sucias rameras. Le
dolió pensar que la hermosa Magda tenía algo que ver con ellas. Vio
que tendría que pagarlas para sacarles alguna información, pero
estaba sin blanca, así que bajó al bar de la esquina y le pidió a
Nazario unos cuscurros de pan y una botella de vino.
–A ver que va a
hacer con el vino, doctor –le dijo el camarero–, que el comisario
me tiene prohibido darle de beber.
Entró con mucho
cuidado de que no le vieran de esa guisa. Le costó convencer al
agente Longinés para que le volviera dejar pasar a los calabozos, el
muchacho era un buen policía cumplidor del reglamento, pero el vino
lo puede todo. Las mujeres se pusieron contentas y empezaron a contar
rumores absurdos sobre la difunta, ninguna de ellas la conocía en
persona, la única que podía decirle algo sobre ella era una tal
Mariet, pero ya no estaba allí, el subinspector Tomás la había
sacado, hacía un par de horas.
–¿Y para qué
la ha sacado? –preguntó, tonto de él.
–Pues, hijo –se
burlaron–, tú me dirás para qué quiere Tomás a una chica como
nosotras.
No tenía mucho
tiempo, las carcajadas se oirían por toda la comisaría, y el
subinspector Tomás llegaría en cualquier momento. Pensó que no
tenía por qué meterse en ese lío, que ya estaba suspendido de
empleo y sueldo, y no necesitaba más problemas. Sólo tenía que
realizar esa autopsia y volver a su retiro. Pero en su cabeza, ella
seguía mirándole.
Con la promesa de
más pan y más vino, consiguió que le dieran la dirección de un
tal Judath, el chulo de Mariet, un tipo muy peligroso. De la Cruz
sabía que no tenía que ir, le advirtieron que Tomás no era trigo
limpio, pero él fue.
La noche era
cerrada como en las novelas baratas de misterio. Las calles del
Calvario estaban desiertas, no había yonquis, ni fulanas, ni
rateros. El silencio le asustaba aún más que la fama de aquel
barrio de mala muerte. No podía imaginarse a la bella Magda
ofreciendo su cuerpo por ahí. En los callejones brillaban ojos
amenazantes. Se le hizo eterno hasta que encontró el domicilio del
tal Judath. La puerta estaba abierta. El aspecto de la casa era
terrorífico: polvo, suciedad, manchas de sangre, el mobiliario
destrozado… Había una jeringuilla en el suelo, y un par de
botellas de vodka vacías. Las manos le volvieron a temblar. Una
lámpara medio rota alumbraba levemente a aquel enorme rumano que
permanecía acurrucado en un rincón, desnudo, tiritando como un crío
asustado, murmurando algo en su idioma.
A pesar del
miedo, de la Cruz se acercó a él.
–¿Judath,
Judath Proski? ¿Es usted Judath? –preguntó al gigantón.
–Yo soy
–contestó con un siniestro acento, que le hizo estremecer.
–¿Mariet, está
aquí?
–No está
–contestó sin siquiera levantar la vista–, déjenla en paz, no
tiene nada que ver con esto.
El forense no
sabía cómo enfrentarse a aquella situación, no era un agente de
campo, sólo habría cuerpos difuntos.
–¿Magda? ¿La
conocía? ¿Trabajaba para usted? –por fin se decidió a preguntar.
El rumano afirmó
con la cabeza.
–¿La mató?
¿La mató usted? –estaba tan enfadado como asustado, sentía el
impulso de abalanzarse sobre aquel criminal, y el de salir corriendo.
El rumano alzó
su insegura mirada. Estaba llorando.
–Sí, yo lo
hice.
Entonces de la
Cruz descubrió que aquel gigantesco hombre estaba aún más asustado
que él. Por un momento, hasta le dio pena.
–¿Pero por
qué? ¿Por qué la mató, Judath?
–Eso no importa
ya.
El pobre estaba
totalmente derrumbado.
La ira del
forense explotó.
–¡Maldita sea,
Judath! ¡Sí importa! ¿Por qué la mató?
–Déjeme en
paz, ya he dicho no importa, pregunte a Tom…
Tres disparos
impactaron en su pecho, haciéndolo caer. De la Cruz, asustado,
volteó por el suelo, hasta ver que Tomás estaba allí, apuntando
con la pistola.
–¡Joder,
doctor! ¿Se puede saber qué hace aquí? ¿No se podía haber
quedado quieto en la morgue, haciendo su trabajo?
Empezó a
entender lo que pasaba.
–Subinspector,
ha sido usted, es verdad lo que dicen por ahí.
–¡No empecemos
con el tema de los rumores, doctor! ¡No tiene ni idea de lo que ha
pasado!
Ahora eran las
manos del policía las que temblaban, en cualquier momento podría
disparar.
–Ya entiendo,
maldito corrupto, usted estaba metido en los negocios sucios de esta
gente, por eso me llamó a mí para que hiciese la autopsia.
Necesitaba a alguien desacreditado como yo para poder archivar el
caso sin levantar sospechas.
–¡Ah, cállese,
doctor! ¡Ya le he dicho que no tiene ni pajolera idea de qué va
esto! ¡Estúpido necrófilo!
–¡Pues
dígamelo usted! ¿Por qué mataron a la chica? ¿Por drogas, por
dinero, o por algo más?
–Como ya le ha
dicho ese gilipollas, ya no importa. ¡Él mató a golpes a la chica!
¡Merecía morir!
–¡Y usted
merece la cárcel! ¡Por corrupto y asesino!
–Déjelo,
doctor, da igual –susurró la moribunda voz de Judath–, le
perdono.
–¡Qué me
perdonas, hijo de la gran puta! –el subinspector enfureció–,
¿Por qué? ¿Quién eres tú para perdonarme?
–Te perdono
porque ella me perdonó, antes de morir.
La luz del sol
entró por la ventana, iluminando la sucia estancia, en el momento en
que ese enorme asesino espiró.
Los dos hombres
se miraron, callados durante un buen rato, como si hubiera pasado un
ángel.
–Descanse en
paz –dijo el forense.
Tomás guardó el
arma y se santiguó.
–Y ahora qué,
subinspector, ¿me va a matar para que no hable?
–No, de la
Cruz, no. No voy a matarle, estoy cansado, y nadie le iba a creer.
–¿Y entonces?
–Entonces
volveremos a la comisaría, doctor. Usted hará la autopsia y se
olvidará del caso. Yo lo archivaré y me olvidaré de lo que pasó
con el cuerpo de la chica de Monteolivar.
–¿Y Judath? ¿Y
los disparos?
–No se
preocupe, doctor, alguien se lo encontrará y llamará a la policía.
Ya me encargaré de eso, confíe en mí.
El día
despertaba en el barrio, las tiendas del mercado abrían como si no
hubiera pasado nada, mientras los dos hombres paseaban como sin nada.
Ya habría tiempo por la noche para que volvieran los camellos y las
putas.
Cuando llegaron a
la comisaría, se encontraron con que el cadáver de la mujer había
desaparecido.
Más de un
testigo la vio salir, vestida con una bata blanca, al amanecer.
Dijeron que se despidió, sonriendo, con unas extrañas palabras que
sonaban a arameo.
–Era rumano
–intervino la agente Paulov–, significa “benditos seáis”.
lunes, 17 de marzo de 2014
Preparando su llegada
Dibujo de Universo Pamp.
–¿Es usted la señora Aurora?
–¿Es usted la señora Aurora?
–Sí,
soy yo, ¿nos conocemos?
–Soy
Vicente, Vicente Salvado.
–Vaya,
así que es usted don Vicente. Por fin nos conocemos.
–Veo
que a oído hablar de mí.
–Sí,
y sepa que no estoy contenta con su hijo.
–Lo
sé, no se portó bien con su hija. Pero no sea cruel con él. El
pobre tuvo una infancia muy dura. No se lo puse fácil.
–Ya,
por lo poco que sé, usted no fue un buen padre.
–¿Le
habló él de mí?
–No,
qué va, él nunca hablaba de usted. Lo deduje con el tiempo,
charlando con su esposa.
–Ah,
claro, supongo que tampoco me porté bien con ella.
–Pero
no se crea, ella no me habló de usted.
–Veo
que es muy suspicaz, doña Aurora.
–Sí,
lo que no entiendo es qué hace usted aquí.
–Bueno,
al final él me perdonó.
–No,
si lo que digo es por qué viene a contarme esto ahora.
–Verá,
él está a punto de llegar.
–¡Válgame
el cielo! ¿Y cómo ha sido?
–El
cáncer, señora mía, el cáncer.
–Vaya
por Dios, no sabe cómo lo siento. Si en el fondo era un pobre hombre.
–En
el fondo todos lo somos.
–¿Y
cómo es que viene aquí?
–El
perdón, doña Aurora, el perdón. Sus hijos, mis nietos, bueno y
también suyos, le han perdonado.
–Son
buenos chicos, a pesar de lo mucho que me enfadaban.
–Su
hija también le ha perdonado, bueno a su manera. Tiene que estar
orgullosa de ella.
–Lo
estoy, don Vicente, lo estoy. De ella y de su hermana.
–Espero
que les vaya bien, y también espero que no le resulte violento
tenerle a él aquí.
–Bueno,
tendré que hablar con mi marido, él tampoco le guarda mucho
aprecio.
–Se
lo agradezco, señora, solo les pido que cuando llegue, me dejen unos
minutos a solas con él. Tiene muchas cosas que perdonarme.
–No
se preocupe, don Vicente, aquí todos estamos para perdonar.
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