jueves, 31 de julio de 2014

Una copa por un viejo amigo

                                                  Dibujo de Universo Pamp.


Aquella noche había un extraño olor en el ambiente del pub, algo pestoso pero familiar. Tardé un tiempo en darme cuenta, estaba preocupado por que aquel tufillo nos iba a amargar los cóckteles, pero Chema llamó mi atención sobre el tipejo que había sentado en una mesa frente a nosotros. Era un indigente zarrapastroso que desentonaba totalmente con el lugar. El maldito me miraba sonriendo.
–¿Le conoces? –preguntó Borja.
Sin contestarle, me acerqué al melenudo como si estuviera hipnotizado. Él soltaba una sonora risotada que se clavó en mi cabeza.
–¿José Carlos? ¿Eres tú? –pregunté.
–Joder Breñas, antes me llamabas Loco.
Los recuerdos explotaron como una bomba en mi memoria.
–Caramba, Loco, ¿qué haces aquí?
–Siéntate, Caperucita, que no voy a comerte –su sonrisa se volvió siniestra.
Borja se acercó preocupado.
–¿Algún problema, Rodrigo?
–No, no pasa nada –contesté avergonzado–, es un amigo.
–Un viejo amigo –añadió Loco con esa manera que tenía de mandar a la mierda a la gente.
–Y tan viejo –al final me senté–, con esas barbas y esas greñas pareces…, yo qué sé.
–¿Y tú qué pareces? –se burló– ¿Llevas peluquín o es implantado?
–No te metas con mi pelo.
–¿No te metas con mi pelo? ¿Es que no piensas soltar ni una puta palabrota?
–Vete a tomar por culo.
–¡Ese es mi Breñas!
Alzó el brazo en un gesto soez para llamar al camarero.
–Por favor, sírvame un Mayflower –intenté apaciguar la cosa–, y a mi amigo…
–A su amigo le traes una birra de verdad, no esta mierda con lima que me has dado antes –al camarero no le hizo gracia, pero aún así mantuvo el tipo–. No, mejor me traes un whisky con hielo, y a mi amigo otro en lugar de la mariconada que te ha pedido.
–Sigues siendo el mismo cabrón de siempre –le reproché.
–Y por muchos años –se terminó de beber su cerveza con lima–, al menos yo no he perdido el buen gusto.
–En serio, José Carlos, ¿qué haces aquí?
–Loco, Breñas, Loco –dijo enfadado.
El camarero trajo los whiskys con cara antipática. Loco se bebió el suyo de golpe y pidió otro.
–Ando buscándote desde hace un par de días –por un momento vi como los años habían hecho mella en sus ojos–, me dijeron que parabas por aquí con tus pijicoleguis.
–¿Qué quieres? –no podía creer que le hablase así a mi amigo.
Entonces sacó un paquete arrugado de la cazadora.
–Felicidades, cabrón –dijo sonriendo.
Aquello me desarmó.
–Pero…, si mi cumpleaños fue hace dos días…
–Y el mío, ¿te acuerdas?
Recordé entonces aquellos tiempos cuando éramos uña y carne, el Loco, el Breñas y el Bastardo. Cuando íbamos a comernos el mundo, así en crudo, sin ñoñerías ni mariconadas.
–¡Eh, que te amuermas! –me puso otro whisky en la cara.
Me acordé de cuando nos imaginábamos a nuestras madres gritando como posesas, el mismo día, a la misma hora, en el mismo hospital.
–¡Eh! –luego me arreó una colleja.
–¡Joder, Loco! ¿Se puede saber qué haces? –le grité.
–Que estás en la inopia, atontao –me espetó.
Recuperé la calma.
–Vale, vale… Felicidades a ti también.
–¡Coño, gracias! –exclamó golpeando la mesa con su tercer whisky.
–Treinta y ocho ya, cómo pasan los años –quise mantener una conversación cordial.
–Treinta y ocho yo, porque tú pareces tener cuarenta y siete, con esas pintas tan pijas –se volvió a burlar.
–Pero qué gilipollas eres.
–Y tu parienta qué tal, ¿sigue castrándote sin piedad? –Loco siempre tan tocacojones.
–Cuidado con lo que dices, que Pilar es una gran mujer.
–Sí, claro, debería pasarme a verla, a darle un par de besos –se burló una vez más.
–No fastidies, Loco, que ya sabes que no puede verte ni en pintura.
–Una mierda, una gran mujer –gruñó–, lo que es es una pilipilingui.
–¡Oye, a ver qué va a pasar! –eso me cabreó de verdad.
–No te enfades, hombre, si lo digo por no llamar puta a tu mujer delante de tus pijicoleguis.
No me había dado cuenta de que Borja, Chema y los demás ya se habían ido. Cada vez me costaba más mantener la compostura, a Loco siempre se le dio muy bien hincharme las narices.
–Está bien, tengamos la fiesta en paz. ¿Qué tal el viejo barrio?
–Pues cada vez más sucio y cochambroso.
–Ya, claro –me lamenté con condescendencia.
–Pero no te confundas, tú, que allí todos tenemos trabajo –contestó con su orgullo barriobajero.
–¿Aún sigues trabajando en la fábrica de condones?
–Ya te digo, aún soy el loco de las gomas.
–¿Pero no seguirás pinchándolas?
–No, coño, no, eso me lo tomo muy en serio, sobre todo después de lo del Bastardo.
–Pobre Bernardo –me acordé de él y de las que armaba.
–¡Por Bernardo el Bastardo! –brindamos con nuestro cuarto whisky.
–¿Os seguís juntando la banda en el club?
–Todos los viernes.
–Los Pollapeludas –recordé con simpatía aquellas histriónicas actuaciones y las broncas que se formaban.
–Ahora nos llamamos Crazy Bastards Blues Machine.
Eso me hizo reír.
–¡Sí señor, qué no muera el rock'n'roll! –volvimos a brindar.
–¿Y Bárbara?, ¿sigue estando tan bárbara? –pregunté.
–Bárbara está tremenda –contestó golpeando de nuevo la mesa.
Ahora no podía dejar de pensar en ella y en los sueños que se fueron a la porra cuando me marché.
–Dale un beso cuando la veas.
–Mejor aún –aseguró dándome una palmada–, me la follaré de tu parte.
Estaba claro que seguía siendo el mismo Loco de siempre al que todo se la sudaba.
–¿Y Raquel?
–¡Uy, Raquel! –dijo entusiasmado– Esa se casó con Simón.
–¿Simón el de la hormigonera? ¿Pero ese no era maricón?
–Y lo sigue siendo, pero ya sabes como es Raquel.
Entonces nos descojonamos de risa, armando una escandalera. La gente del pub nos miraba mal.
–¡Hormigón, mujeres y alcohol!
Loco quiso volver a brindar, pero yo ya estaba mareado e intenté disculparme.
–No tío, que ya no puedo más. Me alegro de verte, en serio, tenemos que repetirlo otro día, pero si no vuelvo ya a casa Pilar me la va a montar gorda.
–¡Bah, qué se joda tu mujer! ¿Es que no vas a abrir el regalo?
Me había olvidado por completo del paquete grasiento. Me quedé alucinado al descubrir que era la legendaria petaca del Bastardo.
–¿De dónde la has sacado? –pregunté asustado.
–¿De dónde crees que la he sacado?
No podía ser. No podía imaginarme al Loco profanando su tumba para quitársela al cadáver de Bernardo de las manos, pero aquella extraña calavera dibujada en la petaca era inconfundible.
–Él lo habría querido así –añadió con seriedad.
Eso me llegó al alma.
–Joder, Loco, no sé qué decir… La habrás lavado.
Él guiñó el ojo con picardía y me ofreció otro whisky.
–¿Por el puto Bastardo?
–¡Por el puto Bastardo!

Brindamos una y otra vez. Brindamos, bebimos, reímos y cantamos. Cantamos los viejos éxitos: “Vamos muy bien, borrachos como cubas”, “Eres una puta”, “Las manolas de Manola me hacen una gayola”…
Armamos una bronca como las de antes, recibiendo y repartiendo hostias. Cuando los pijos del local, los pocos que quedaban en pie, llamaron a la policía, Loco me sacó a hombros de allí, bueno, más bien a cuestas, porque yo ya no reconocía a nadie, y me dejó en la puerta de casa.
Lo último que recuerdo es haberle prometido que nos reuniríamos el mes que viene en la Tasca de Jaro para conmemorar el aniversario del Bastardo.
No sé si podré soportar los explosivos combinados del viejo Jaro, pero me conformo con que Pilar no me pida el divorcio.

5 comentarios:

  1. Esta copa va por un viejo amigo.
    ¡Felicidades, cabrón!

    ResponderEliminar
  2. ¡Muy bueno David! Va en consonancia con los días que estoy viviendo. Ha muerto un primo de mi marido y están saliendo en Facebook un montón de fotos de tiempos pasados , que por nuestra edad son muchos más de los recuerdos que tú puedas tener. UN BESO
    Mari-Sol

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Pues otra copa más por los amigos que se fueron!

      Eliminar
  3. Muy buen relato David, seguro que a Chema también le ha encantado! Jeje.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Seguro que el Chema tiene muchos viejos amigos por los que brindar. Podríamos hacer una fiesta de borrachos melancólicos en el hostal. Jojo.

      Eliminar